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Fe

23/08/2015

 

Su amor era el más imposible de todos los amores. Nunca se habían visto, pero se imaginaban por el toc, toc, toc de algún vecino que esperaba en el umbral antes de entrar en sus cuerpos.


La puerta 15, el portal 17. Así se llamaban. 


Soñaban despiertos cuando el viento acariciaba con manos invisibles el muro que los separaba. Y deseaban huracanes que lo derribase para convertirse en un 32 para toda la vida. Casi habían perdido sus nombres, sobre todo el 17, quizás por la herrumbre, o por el dolor de la X en su pecho. Pero seguían soñándose, haciendo suya la humedad de las nubes y la luz de las estrellas que reflejaba tanto tiempo herido.


Una primavera, sin darse cuenta, una caricia les sorprendió, la tierra había parido justo en medio de sus ausencias un árbol flaco, pero lo suficientemente fuerte para unir sus cuerpos, sus olores, sus tactos, sus heridas... Un árbol pequeño, tímido, pero tan extraordinario como el título de este cuento.

 

 

 

 

 

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