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Un vaso de agua

26/01/2018

La señora Patterson llegó, por fin, al despacho del director. Hacía rato que un torrente de sudor resbalaba por su espalda. La ropa interior le servía de dique de contención y tenía la sensación de que en cualquier momento su cuerpo iba a derretirse como la mantequilla del desayuno. Se pasó la lengua por los dientes para barrer los restos de beicon y suspiró profundamente. No recordaba cuántas veces había atravesado esas paredes cubiertas con alambre de púas.

—¿Se puede? —preguntó la señora Patterson, que ya había metido media cabeza en el despacho.

—Siéntese. ¿Puedo ofrecerle un vaso de agua? —dijo el director al percatarse de que su blusón estaba empapado en sudor.

 

—¿Del grifo? —preguntó sin el menor atisbo de ironía, mientras se pasaba un enorme pañuelo de flores por el escote—. ¿Me va usted a dar agua del grifo?

El director retiró el vaso de agua hacia un lado y le acercó una silla.

—Siéntese, por favor —insistió con un tono de voz muy cercano a la amabilidad. Cogió el teléfono, le dio la espalda y dirigió la mirada hacia la única ventana de la habitación—. Tráigame una botella de agua. Sí, agua embotellada. ¡Ya!

—No quiero agua del grifo, no puede obligarme a beber agua del grifo —dijo angustiada.

—Cálmese, por favor, señora Patterson.

—Pero usted tenía sobre la mesa un vaso de agua.

—Hoy hace un día muy caluroso, pensé que le apetecería refrescarse. Solo es un vaso de agua.

En ese momento un guardia entró con una botella de agua. La dejó sobre la mesa y salió.

—Ni siquiera desde su ventana pueden verse las montañas.

—No, ni siquiera desde mi ventana. ¿Va a beberse ahora el agua? Está muy pálida.

—¿Recuerda cuando jugaban juntos en el patio trasero? ¡Menudos chichones se hacían!

—Sí, lo recuerdo. Han pasado muchos años desde entonces.

—¿Cómo puedo estar segura de que el guardia no ha rellenado la botella con agua del grifo?

—¡Señora Patterson! —gritó el director dando un golpe seco sobre la mesa.

—¡Mire lo que ha hecho! ¡Ha desparramado toda el agua del vaso!

El semblante del director había adquirido un tono rojizo, semejante al ladrillo de las paredes.

—Pediré otra botella.

—No, no se moleste. Lo ha puesto todo perdido. Deje que le ayude.

—¡No, no toque nada, deje esa carta donde estaba! —Por primera vez, la voz del director sonó autoritaria—. ¡Le he dicho que no toque nada!

—Esta letra… Esta letra es de…

—Sí, señora Patterson. Lo es. Beba un poco de agua, por favor.

­—¿Por qué me ha hecho venir? —dijo angustiada, esperando la respuesta que ya había adivinado hacía rato.

—Se la ha escrito él. ¿Quiere leerla?

La señora Patterson volvió a mirar hacia la ventana.

—¿Por qué no pueden verse las montañas? Desde el resto del edificio puedo entenderlo, pero desde su ventana…

—¿Quiere leer la carta señora Patterson?

—¿Recuerda cuando jugaban juntos en el patio trasero de casa? No había un día en el que no se hicieran un rasguño. Eran tan buenos chicos…

—Está bien señora Patterson, me hubiera gustado que hubiese sido de otra forma. Quiero decir que… Lo siento señora Patterson, yo se la leeré…

 

El día 7 de cada mes era mi favorito. El día que llegaban las cartas. Pero hace años que no recibo ninguna, solo las tuyas de vez en cuando, mamá. En esta soledad los amigos me han abandonado, y las visitas hace mucho tiempo que cesaron. Incluso las de la familia. Solo tú, mamá. Ya no quiero esperar más lo inevitable. Es la peor sensación del mundo. Esperar. Me gustaba escribirte cartas bajo el sol, mamá. Las luces se encienden a las seis de la mañana. Este es un sitio solitario. Pude haber sido un buen padre, un buen esposo. No sé por qué lo hice, por qué les puse aquello en el vaso de agua... Pero no soy un monstruo. No quería que sufrieran. Desde esta ventana no se pueden ver las montañas. Ya no habrá más cartas.

Se despide tu hijo que te quiere. Sinceramente,

                                                                                                          Jimmy

 

—Lo siento mucho señora Patterson…

El director sostenía de pie la carta que goteaba por los extremos, como si las letras llorasen. Un tímido rayo de sol se colaba por la ventana y deslumbraba el rostro de la señora Patterson que, sin levantar la vista del pañuelo de flores, se dirigió al viejo amigo de su hijo:

—Tom, ¿me podrías dar un vaso de agua, por favor?

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